El lunes, mi hija y yo, subimos al bosque para comer a orilla de la presa El Cedral.
Tuve dos experiencia: en una mi cámara captó algo que mis ojos no veían y en la otra, mis ojos vieron lo que mi cámara no captó.
Mientras esperábamos que nos sirvieran la comida, me nace levantarme y sacar unas fotos. Al regresar a la mesa las reviso y en una aparece un objeto a la izquierda del sol.
En la otra experiencia, estoy sentada comiendo y veo a mi izquierda un círculo de luz del sol que se filtra entre las ramas del árbol. Saco una foto y no sale esa luz, saco varias y no sale esa luz. Me quedo mirando el círculo de luz que yo veo y dentro tintinea como diamantes que se prenden y apagan. La esfera de luz se torna azul. A su alrededor se ven infinidad de rayos luminosos. Todo lo veo entre las ramas.
De pronto las formas y color de las ramas empiezan a desvanecerse y lo que estoy viendo se viene acercando hasta estar al frente de las ramas que, prácticamente ya no se ven. Vuelvo a tomar una foto y eso no sale.
De pronto, mentalmente, empiezo a agradecer las experiencias que estoy teniendo y digo: si son hermanos de la Confederación de Mundos Habitados de la Galaxia…bienvenidos. Lo que veo se acerca un poco más y le digo a mi hija (un poco en serio y un poco en broma), si desaparezco ya sabes que me fui por este portal. Siento un calor en mi entrecejo y una sensación que recorre mi cuerpo. Desvío la vista hacia mi hija y ella me dice: “No desaparezcas, no es momento de que te vayas. Cómo le explicaría a mi papá”. Yo le contesto: “Sencillamente decirle lo que te digo que he visto”.
Al voltear a ver a mi hija, la experiencia termina.