
CUENTO DE NAVIDAD
ICOTREM
El protagonista de nuestra historia y, como única fortuna, su juventud y muchos días de camino errante, cansado y con hambre, llegó a una rica hacienda en busca de trabajo, alimento y cobijo.
Prometiendo a cambio, cumplir fielmente las labores que se le encomendaran.
Su buena predisposición y activa dedicación en el trabajo, hizo que se ganara el aprecio y respeto de todos, incluso el de su dueño que, contento con sus servicios, le fue asignando cada vez trabajos de más responsabilidad, hasta llegar a ser su capataz.
Pasaron unos años y el joven no dejaba de suspirar por subir más alto en su escalafón y a fe que lo consiguió. Cierto día, el dueño, ya sobrado conocedor de la gran capacidad de trabajo y buen hacer de su capataz, le hizo hombre de su total confianza encargándole la administración de su hacienda y de todos los negocios y propiedades que poseía.
Sobra decir que siguió una época muy fructífera para nuestro protagonista y que logró ver realizados todos sus sueños de disponer de una gran fortuna y una buena familia con la que compartir su vida.
Llegó a la vejez rodeado de hijos, nietos y biznietos que le adoraban. Pareciera que la vida no podía haberle tratado mejor.
Aunque en el fondo, no se sentía del todo realizado como persona, aun habiendo pasado toda su vida subiendo escalones para llegar muy alto, y de hecho que lo consiguió.
En realidad, no se podía decir que fuera plenamente feliz.
Estaba falto de amor en su interior y justo lo presentía. Cierto que tampoco había buscado el amor expresamente. Sí acaso, la búsqueda fue la de su propia felicidad. Por eso, en sus soliloquios no dejaba de repetirse que de saber dónde se encontraba el amor, seguro que iba a ser suyo. No en balde era un triunfador en la vida, con abundante fortuna y conseguido el respeto de todos cuantos le conocían.
En verdad, no acertaba a distinguir en qué punto de su existencia había fallado. Intuyendo, eso sí, que tal vez había perdido demasiado tiempo ascendiendo por una escalera interminable de deseos nunca satisfechos del todo.
Su íntima reflexión sobre el verdadero significado del amor, le llevó a comprender que en realidad el amor no es nada pero a la vez lo es todo. Que el amor es sentirse bien con uno mismo. En plenitud, paz y tranquilidad y armonía de instante en instante. Que su vida siempre había estado con el pensamiento puesto en su futuro, y se privó con ello de vivir plenamente el presente a cada instante. Que el amor está sin duda alguna en el presente, en el aquí y ahora.
Evidentemente, llegó a darse cuenta del gran error de su vida. También del porqué su felicidad no era del todo completa.
Concluyó que había fracasado en su vida. Había perdido una gran oportunidad olvidando algo muy importante: vivir el presente y disfrutarlo y asumirlo en función del pensamiento y no de los ideales.
Del sacrificio y la voluntad hacia los demás y no hacia uno mismo.
Estos pensamientos desgranándose como una letanía, le resultaban un bálsamo espiritual embargándole el corazón muy profundamente. Tanto, que quiso hacerlos suyos para siempre.
Por tal motivo, se hizo el firme propósito de que si alguna vez debía volver a encarnarse en este mundo, su único objetivo iba a ser vivir plenamente el presente.
Mas, algo enturbió la profunda emoción de aquellos momentos tan íntimos. ¿Se acordaría de tan importantes propósitos en una hipotética nueva experiencia vivencial? Porque si acaso no se acordaba, sería señal evidente de que a pesar de todo, no habría asimilado bien la lección.
Amigos míos, permitidme que os desee una feliz Navidad y un próspero año nuevo. Esto es lo que acostumbráis a decir en esta época, pero yo diría más: un feliz año nuevo cada día, pero sobre todo, cada presente.
Con amor.
Icotrem
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Tomado del Libro:
Comunicaciones Interdimensionales Etapa Sili-Nur
Página 227