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La duda nos puede ayudar, pues nos hace reflexionar, plantearnos una solución, esforzarnos.
Pero mientras persistan las dudas en nuestra mente, querrá decir que el proceso de preparación para la verdadera iniciación no está ultimado. Cuando dejemos de dudar, cuando enarbolemos la bandera de la libertad, cuando nos sintamos felices, a pesar de todas las dificultades, cuando nos abramos a lo nuevo, a los demás, sin ninguna duda, sin ninguna reticencia, espontáneamente, nos daremos cuenta de que los demás responden, y entienden sin demasiadas palabras y comprenden el proceso y nos retroalimentan.
Las dudas no están en el exterior, sino en el interior de uno mismo, y estas únicamente se disipan con la experimentación, con la transmutación en retroalimentación.
“Todos aquellos y aquellas que plantean esas dudas, que son lógicas a nivel egoico, en el fondo lo son para proporcionar cortinas de humo a su
propia condición de espíritus que buscan precisamente la espiritualidad más profunda y, de alguna forma, están influenciados por elementos ancestrales en el baksaj, al que nos hemos referido en más de una ocasión, que de alguna forma ha tornasolado sus mentes.
En realidad, con un poco de inteligencia, pero esa Inteligencia en mayúscula, que se remite y se aproxima a la intuición, más que a la propia inteligencia, uno sin esa tornasolada situación de baksaj y libre de esa cortina de humo por la ineficacia de su mismo contexto Razonador, en mayúscula también, entenderá que lo más próximo a su ineficacia a su duda, para de alguna forma establecer el debido consentimiento en sí mismo y tranquilidad, no de espíritu, sino tranquilidad egóica, decidirá que: ¡no puede ser!” (Rasbek com. 1214)