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La evolución de la especie humana, y de las demás especies del planeta Tierra, durante milenios ha sido muy lenta y escasa, ha estado condicionada fundamentalmente por la adaptación al medio. El religare del ser humano ha sido el mismo durante todo este tiempo. Ello es debido a las limitaciones que este medio atómico, el ADN y los cromosomas imponen a la evolución. La naturaleza entiende que las especies pueden alimentarse y reproducirse y que la vida continua, por tanto no establece ningún cambio importante en el ADN y los cromosomas. La vida humana siempre acaba en la decrepitud y la desaparición del cuerpo físico.
Sin embargo, paralelamente, nuestra réplica genuina ha desarrollado mucho más su componente espiritual en mundos paralelos donde ha alcanzado niveles que rozan casi la perfección, pero no somos conscientes de estos avances en este plano 3D, limitativo y atómico. Reconocer este hecho nos llevará a relativizar todos los hechos de este mundo y crear en nosotros un poso de humildad y una aspiración a la trascendencia, que alcanzaremos mediante la soledad más profunda, a través de la interiorización, donde podremos darnos cuenta de nuestra realidad como seres humanos atlantes, hijos de las estrellas.