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Podríamos abandonar por un instante este frenesí, esa inquietud, y también ese miedo a las circunstancias, y convertirnos en niños, y jugar. Si realmente llegásemos a ese punto, a ser como niños, y jugar en el mundo de la ilusión, en el mundo tridimensional, nuestras mentes también comprenderían mucho más el objeto de ese juego. Porque el niño, tanto el niño pequeño como el adulto, si no deja de ser niño, no sufre.