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Estamos en un mundo de gran dureza para que nos ayude a despertar, es así de duro para que nos demos cuenta de lo dormido que está nuestro pensamiento. De esta forma reflexionaremos y nos daremos cuenta de lo mucho que tenemos que aprender, dejando fluir nuestro pensamiento.
Esta es una de las zonas más densas y peor favorecidas en un sentido de transformación espiritual, la tridimensional. Tal vez es la menos favorecida a un nivel de contemplación, a un nivel de facilidad de iluminación, de progreso evolutivo espiritual. Pero a su vez es la que favorece el disparo cósmico hacia el mundo de la iluminación. Esa es la gran paradoja del mundo duro y denso.
La materia es fija, inamovible y da la apariencia de seguridad, pero en realidad es una gran piedra, que muchas veces se nos cuelga al cuello, como pesada losa de oscurantismo. Aunque también, si reflexionamos en el acto de la cocreación, podemos pensar que simultáneamente también estaremos en otros niveles, en los que nuestra actitud en el deambular sea algo diferente.
“Todo creador,imaginativamente hablando, bebe de las fuentes de la adimensionalidad, pero para acceder a ellas ha de hacerlo por un camino duro, como hemos indicado en más de una ocasión, y repleto de obstáculos. Un pedregoso camino que muchas veces duele. Duele muchísimo, y lo hace mucho más duro la necesidad que
tiene el propio individuo de avanzar por dicho camino, obteniendo realmente resultados con los que se ha comprometido en este movimiento aglutinador al que me refiero.
Duro, porque la materia necesita transformarse, modificarse, transmutarse y, cuando esto se consigue, la belleza va apareciendo en dicho horizonte creativo. En la medida en que el individuo va progresando en el nivel conscienciativo, y con ello su deambular es mucho más duro cada vez, al mismo tiempo va obteniendo de sí mismo, aflorando de sí mismo, también, la belleza”. (Noiwanak, Com. 1074)
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