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Equivocación, desacierto a la hora de pensar o accionar en una circunstancia determinada. Se habla del error atlante, cometido por los atlantes, que por soberbia quisieron equipararse a la divinidad, este error se está transmutando en un paréntesis, para que no contamine al resto del cosmos, y para que se resuelva por humildad, que es la clave de todo avance espiritual.
Cualquier error importante deja su marca en la cadena del ADN y se transmite a las siguientes generaciones, hasta que se resuelva por transmutación. Una vez transmutado el error queda borrado del ADN y de los antepasados.
En el proceso de esta existencia 3D parece casi imposible no cometer ningún error, pero el error no tiene importancia si sirve para aprender y perfeccionar nuestro pensamiento. Pero el error que transmitimos a los demás por nuestra influencia puede crear en nosotros un sentimiento muy profundo de dolor. Este error transmitido es difícil de erradicar.
Mediante el sacrificio por la humanidad contribuimos a transmutar el error y a la evolución del conjunto. Este sacrificio contribuye a liquidar los errores pasados, los nuestros y los de los demás.
En el baksaj se acusa el error arraigado que hemos recibido y que transmitimos. Para superarlo lo más
aconsejable es un estado de felicidad, de equilibrio y de hermandad, que no se deje arrastrar por sentimientos de odio, animadversión o rencor, relativizándolo todo y fluyendo con humildad.
El error es también un formidable medio de aprendizaje, se aprende por ensayo y error, y este aprendizaje no se olvida nunca. Si el error nos permite aprender, bienvenido sea, pues rectificar es de sabios.
También nos puede ayudar contemplar el error de otros, por ejemplo, el error de los mayas, en su etapa de decadencia, que pasaron de utilizar la imaginación creativa a la imaginación subjetiva, la fantasía del ego.