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En estos tiempos da la impresión de que todo es correr, que toda se ha de hacer deprisa. La educación de los hijos está sometida a este patrón, con el ejemplo de los padres y tutores. Esta prisa nos hace olvidar lo más importante que es el reconocimiento de uno mismo y de los demás, mediante la autoobservación, mediante la paciencia, mediante la observación de la sociedad y de nuestros contemporáneos.
En esa nube de ilusión, de fantasías, de prisas, de impaciencia, pensando siempre en el disfrute, en el ego de uno mismo, dejamos atrás todo un ventanal de posibilidades, abiertas a un futuro esplendoroso.
Si no vivimos en el instante mismo, en el aquí y ahora, no nos acordaremos de nada, porque nada habremos retenido en nuestra memoria profunda.