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Es un vocablo ancestral de nuestros antepasados mayas con el que denominaban el miedo. Decirle sahkil a un ciudadano era motivo de sonrojo, de una gran vergüenza, que hacía que este se retirase del ágora. No era una palabra ofensiva, pues con esta denominación también se mencionaba a aquellos elementos que utilizaban la diatriba, el insulto, la socarronería para desprestigiar a los demás, para ridiculizarles.
Desde siempre se ha considerado que las dosis de sahkil son debidas a la falta de autoobservación, a la inseguridad con uno mismo y con el entorno que nos rodea, a la avaricia, a la pedantería y a un sinfín de efectos egoicos, que podrían estar dentro de esta denominación.
Antaño la inteligencia superior y el conocimiento de nuestros antepasados no les permitía ni un gramo de sahkil, pues consideraban que los elementos atlantes eran poseedores de un gran poder y de una capacidad indestructible.
Hoy día se puede decir que todos estamos imbuidos de sahkil, por el gran bombardeo a que hemos sido sometidos por todos lados. Esto nos debe llevar a la tolerancia, a la paciencia, a la humildad, al amor, a la comprensión y a la transmutación.