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Todo en el universo necesita balancear las fuerzas encontradas, pues de otra forma entra en un proceso caótico y destructivo. Hay que conseguir este balance entre los elementos en liza, entre los factores duales, entre el yin y el yang, entre el espíritu y la materia, entre el entendimiento y la comprensión, entre la dinámica tridimensional y la adimensional. Cuando alcanzamos un estado mental y emocional de equilibrio, sin desear ni temer nada, estamos en la situación idónea para alcanzar otros niveles más elevados de consciencia.
Es un factor esencial para poder transmutar y traspasar nuestra consciencia a lo adimensional. Por eso el objetivo primordial de la vida espiritual es el equilibrio, y en ese sentido hay que atender tanto al trabajo espiritual como a los requerimientos tridimensionales para mantener el equilibrio y no caer en el pensamiento único o en el absolutismo. El equilibrio nos libera de las cargas de oscurantismo y cuando avancemos un paso hacia arriba nos daremos cuenta de la presión de la entropía para impedirlo, y ese impedimento al mismo tiempo nos fortalece si lo aceptamos con sabiduría. El completo equilibrio se consigue cuando nuestra consciencia se transparenta de tal forma que nos sentimos uno en todo. En este estado no existen diferencias, dispersiones, solamente la nada en el pensamiento y el funcionamiento con plena intuición.
“Olvidaros del pasado, vivid siempre el presente, ordenad vuestras ideas, pero olvidaros del equilibrio aquí en esta 3D, porque es tan rápido el paisaje en el que nos movemos, que en el momento en que se produce el equilibrio ya aparece en el horizonte un síntoma que va a desequilibrar, porque precisamente en la búsqueda del equilibrio se encuentra la clave del movimiento tseyoriano”. Noiwanak, com. 1113.